Por Fernando Ruiz del Castillo

14 de Mayo de 2022

“Las redes no perdonan, pero los delincuentes menos.
No hay semana en la que no circulen nuevos videos en los que elementos del Ejército Nacional o la Guardia Nacional, que para los efectos es lo mismo, no sean humillados por sicarios del crimen organizado, autodefensas y hasta de ciudadanos armados de desesperación, dolor e impotencia.
Se les ve algunas veces vergonzosamente hincados, acostados boca abajo, desarmados, restregándosele la cara en la tierra, levantando el polvo y resoplando de dolor.
Otras veces huyendo de manera descarada mientras son correteados, insultados y amenazados.
El video que circuló profusamente en Facebook y twitter, principalmente, a principios de semana, motivó al ciudadano presidente y comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de este país, a emitir una de las declaraciones más desafortunadas y patéticas que haya escuchado en mi ya no muy corta vida periodística y cronológica.

      Cobijado en la narrativa de su monólogo matutino diario, sin dar margen a la réplica y la contrarréplica que permite la retórica, el jefe de las fuerzas armadas no solo justificó sus declaraciones sino que ayer, una vez más, en una nueva verborrea diarréica, cuestionó a quienes no piensan como él de que a los delincuentes, si, esos que tienen al país convertido en un mar de sangre, que lo mismo asesinan mujeres, niños, ancianos, hombres y mujeres por igual, hay que protegerlos y cuidar de sus vidas porque, a fin de cuentas, son seres humanos como usted y como yo.
Por lo tanto, reitera, hizo muy bien el Ejército Mexicano en no hacerles frente durante su incursión en Nueva Italia, Michoacán, de donde salieron veloz y vergonzosamente perseguidos por presuntos delincuentes que, ahora se dice, andaban desarmados.

En algo tiene razón el comandante en Jefe.
Los mexicanos ya no queremos más sangre, ni que se ejerza la Ley del Talión, porque entonces sí quedaríamos puros tuertos y chimuelos.
Pero tampoco se trata de que a los delincuentes se les entregue públicamente una patente de corso para que sigan tomando las calles y carreteras del país, extorsionando desde encumbrados empresarios hasta modestos comerciantes, secuestrando y asesinando jovencitas, envenenando a la sociedad y, peor aún, humillando a lo poco que queda de lo que antes fueron nuestras gloriosas Fuerzas Armadas, hoy reducidas a constructores, cobradores, administradores, albañiles, pintores y ridiculizados correlones.

Se equivoca el cheef comander de banana republic.
Se trata simple y sencillamente de ejercer la Ley.
Y si los soldados del glorioso Ejército Nacional no lo van a hacer porque a final de cuentas no es su función, pues que lo regrese a sus cuarteles como lo prometió en campaña y no los siga exponiendo más al escarnio público.
Porque si hoy los criminales los persiguen y ridiculizan, mañana podrá hacerlo cualquier delincuente de poca monta.
Claro, a no ser que se trate de estudiantes o familias que no se detengan en esos retenes improvisados que se colocan a lo largo y ancho de las carreteras del país, porque entonces sí les sueltan la metralla.
Al fin, la memoria es corta y la justicia, bien…gracias.

La sociedad mexicana está agraviada, herida y dolida.
No puede el jefe supremo volver, como lo hizo ya al ordenar la liberación de Ovidio Guzmán durante el operativo en Culiacán, a insultar al estado de derecho de nuestra nación ni humillar al glorioso Ejército Nacional.
No puede, no tiene derecho, a secuestrar la esperanza de justicia, orden y seguridad que se reclama y que fue uno de sus ejes de campaña.
Ya no valen justificaciones ni mirar por el retrovisor.
Ya no se valen improvisaciones, ni culpar al pasado, un pasado del que ya forma parte pues lleva casi 38 meses en el poder.

Cuidado también.
Seguramente hay mandos y miles de militares que, aunque respetan y acatan la instrucción superior, no están de acuerdo en que, por cuidar la imagen personalísima de un solo hombre, se dañe profundamente la credibilidad y confianza en una de las instituciones más prestigiosas de este país, pero sobre todo se lastime el respeto y el orgullo que los hombres y mujeres del uniforme verde olivo se han ganado.

No podemos permitir que luego de un Comandante Borolas, pasemos al Comandante Chiricuto.
Quién sabe qué tan dispuestos estén a soportarlo, los miles de militares valientes, forjados y formados que, por fortuna, todavía tiene este país.

      *El autor es Periodista con 45 años de experiencia, licenciado en periodismo, asesor en comunicación y marketing político, consultor de medios.

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